Venezuela, Palestina, Haití… estamos con el pueblocontra el imperialismo y la ocupación de Estados Unidos

Por la Huelga Mundial de Mujeres (GWS), Mujeres de Color de la GWS y la red de hombres Payday

Una vez más, el Gobierno y el ejército de Estados Unidos han intervenido violentamente para derrocar a un jefe de Estado que no servía a sus intereses, el presidente Nicolás Maduro y su esposa Celia Flores. Una vez más, las élites locales (en Venezuela y en algunos países del Caribe y de América Latina) han respaldado la criminalidad estadounidense por su codicia de poder y recursos y por su desprecio hacia los pueblos que dicen representar. Y una vez más, el Reino Unido y la Unión Europea (excepto el Estado Español) acompañan esta flagrante violación del derecho internacional.

Toda pretensión se desvanece a la luz de la declaración de Trump de que su invasión es una toma de control estadounidense de Venezuela y de sus vastas reservas de petróleo y minerales estratégicos. Una de nuestras hermanas en Venezuela, un país cuya mayoría de la población es personas de color, habló en nombre de muchas cuando nos dijo: “Estamos desesperadas, esto es rudo porque todo lo que puede venir para el país es terrible, esta gente es mala. Las madres están preocupadas por proteger a sus hijos”. También señaló las primeras expresiones de resistencia, cuando miles de personas en Caracas salieron a las calles exigiendo el regreso de su presidente secuestrado.

El genocidio en Gaza, respaldado, armado y financiado por Estados Unidos a través de Israel ha demostrado que cualquiera que se interponga en el camino de la dominación estadounidense (y de sus aliados) es prescindible, individualmente y por cientos de miles. Esto no es nuevo. Haití ha vivido bajo ocupación estadounidense, golpes de Estado y gobiernos títeres impuestos durante más de un siglo, castigado por su revolución de 1804, que derrotó a las potencias imperiales y abolió la esclavitud. Su muy querido presidente democráticamente elegido, Jean-Bertrand Aristide, fue derrocado por marines estadounidenses con el respaldo de Francia y Canadá en 2004. Muchos otros países del Sur Global han sufrido de forma similar, especialmente cuando impulsaron políticas que beneficiaban a sus pueblos en lugar del imperialismo occidental. Pero el desprecio racista y supremacista de Estados Unidos por la vida y por el derecho internacional vuelve a expresarse abiertamente.

Desde que Hugo Chávez fue elegido presidente en 1998, Estados Unidos ha conspirado y financiado golpes de Estado para detener la Revolución Bolivariana. En abril de 2002, Chávez fue secuestrado. El golpe fracasó cuando millones de venezolanas y venezolanos, empezando por las mujeres y los soldados leales, salieron a las calles de cada pueblo y ciudad para salvar a su presidente y a su revolución. (La Revolución no será televisada documentó el golpe de Estado y su derrota paso a paso). Más tarde ese mismo año, la CIA, con el apoyo de sindicatos corruptos en Venezuela y en Estados Unidos, paralizó la industria petrolera venezolana. Este segundo golpe también fracasó cuando el pueblo se movilizó, inspirando a las y los trabajadores petroleros venezolanos, incluidos los jubilados, a hacerse cargo de la gestión de su industria y salvar la revolución. (Nuestro documental Entran lxs Trabajadorxs Petrolerxs cuenta esa historia). Año tras año, Estados Unidos impuso sanciones y financió a candidatos no electos y ONGs para derribar al Gobierno, mientras el Banco de Inglaterra retenía las reservas de oro de Venezuela… Todos los intentos fracasaron.

La Revolución Bolivariana sobrevivió todos estos años porque Chávez era querido, especialmente por las mujeres que encabezaron la revolución y a quienes él reconocía como su “motor, su punta de lanza y su fuego”. Ellas impulsaron las misiones: los comedores populares, los programas de alfabetización, tierra y vivienda, las clínicas de salud, los grupos de usuarias del Banco de Desarrollo de la Mujer… los múltiples programas gubernamentales que acogían a todos los géneros y utilizaban parte de los ingresos petroleros de Venezuela para combatir la pobreza y la discriminación. (Se pueden ver algunos de sus logros en nuestro documental de 2006, Viaje con la Revolución). Y continúan hasta hoy a través de las comunas, que cultivan y distribuyen alimentos y se organizan en la comunidad. La Constitución antisexista y antirracista de 1999 abrió nuevos caminos, incluido el artículo 88, que reconoció el valor económico del trabajo que las mujeres realizan en el hogar y otorgó a las amas de casa el derecho a la seguridad social.

Pero estas venezolanas y venezolanos nunca son entrevistados por los medios corporativos, que han retratado a Chávez y después a Maduro como dictadores y “narcotraficantes”. Tampoco informan de cómo las sanciones han paralizado la economía venezolana, aumentando la pobreza y la emigración. En su lugar, ensalzan las virtudes de cada oposición golpista financiada por Estados Unidos. La última, la extremadamente rica María Corina Machado, estuvo directamente implicada en el golpe de 2002 contra Chávez. Fue recompensada por sus esfuerzos belicistas con el Premio Nobel de la Paz (impactante, pero no sorprendente, si se tiene en cuenta que Henry Kissinger, responsable de la muerte de millones en Vietnam, Indonesia, Chile… también lo recibió), una clara luz verde de las élites europeas para Trump.

Los millones de personas en todo el mundo que llevan más de dos años movilizándose contra el genocidio en Gaza y en apoyo a los movimientos palestinos, haitianos y otros movimientos de liberación, contra la represión y el cambio climático, son prueba de una determinación creciente para defender la humanidad frente a la barbarie y la destrucción del mundo por parte de los multimillonarios que lo gobiernan. Recordamos que el presidente Chávez fue el primero en romper relaciones diplomáticas con Israel y calificar sus acciones de “genocidio” en 2009, y que en 2006 tuvo la audacia de decir “todavía podemos oler el azufre” al dirigirse a la Asamblea General de la ONU, en referencia a George W. Bush y a la invasión estadounidense de Irak. Observamos que los políticos occidentales tan dispuestos a calificar a Maduro de “Presidente ilegítimo” se han negado a desvincularse de Netanyahu y de su genocidio.

Las movilizaciones que se están produciendo en Venezuela y en muchas ciudades del mundo, así como las declaraciones que condenan este “acto de guerra” de Estados Unidos por parte de la sociedad civil internacional y de políticos con principios como el presidente de Colombia, Gustavo Petro, y el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, muestran que la gente sabe que todas y todos estamos bajo amenaza. Crece la preocupación de que Cuba, que ha sostenido su revolución desde 1959 y ha apoyado a Venezuela y a muchos otros países del Sur Global con su sistema de salud, Colombia, cuyo presidente es un crítico abierto de Estados Unidos, y Groenlandia, cuyos recursos Trump ya ha reclamado, puedan ser los próximos objetivos.

La necesidad de detener la maquinaria de guerra imperialista e invertir en cuidar y no en matar nunca ha sido tan clara ni tan urgente.

6 de enero de 2026

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